lunes, octubre 12, 2009

Insomnio

Son las tres de la mañana y mis ojos no consiguen conciliar el sueño. Muy al contrario, están abiertos completamente.

Padezco insomnio.



Siento que mi cuerpo está en alerta y agudiza sus funciones más básicas. Mi corazón palpita aceleradamente y mi estómago está contraído. Me viene a la mente una imagen muy concreta: soy capaz de trasladar mi consciencia bajo mi piel, dentro de una de mis venas recubierta de fibras musculares. Adentro, un medio acuoso fluye con rapidez y transporta todo tipo de sustancias que distingo con inusitada facilidad.

Mi cerebro está maquinando velozmente, millones de células orquestrando una sinfonía eléctrica que conquista diversos confines de esta masa gelatinosa y arrugada. Intuyo que la totalidad de esta actividad es la que posibilita el epifenómeno que llamamos consciencia. Una cualidad recursiva fascinante: ser consciente de que sólo siendo consciente soy capaz de escribir lo que escribo, pensar lo que pienso, y ver lo que veo: estoy recorriendo varios conductos sanguíneos que me transportan por diversos órganos vitales, y que me permiten entender el por qué de todo este desvarío nocturno.

En este instante en que mis dedos presionan con fuerza las letras del teclado, experimento lo que algunos conocen como un proceso inadaptativo de estrés: una respuesta fisiológica a un estímulo absurdo: apenas ha sido un pensamiento el detonante. Esta respuesta activa, en primer instancia, la secreción de unas hormonas por parte de mi hipófisis que atraviesan el influjo sanguíneo para llegar a las glándulas suprarrenales y forzar la producción masiva de otras hormonas. A consecuencia de estas últimas, mi sistema autonómico entra en un estado de desequilibrio y alerta: transpiro más de lo normal, mi corazón sufre taquicardias, la respuesta galvánica de mi piel cambia, mi percepción agudiza, mis músculos tensan y se preparan para una respuesta rápida y precisa. Y mis pensamientos, mis pensamientos deambulan de un lado a otro como un péndulo cuyo período de oscilación sigue un función de elevada frecuencia.

¿Qué ha desencadenado este desequilibrio fisiológico que perturba mi sueño? ¿Habrá sido algún pensamiento amenazante en concreto? ¿O será que estos pensamiento son el subproducto de una activación corporal previa a éstos?

Aquí van algunas de mis elucubraciones mentales: He pensado en el proyecto que quiero presentar sobre los procesos de afrontamiento en pacientes recién diagnosticados de cancer; he hipotetizado sobre los posibles factores que determinan que un paciente suscriba un proceso terapéutico naturista en detrimento del convencional. En concreto, intuyo que se trata de un desconocimiento sobre algunos principios fundamentales de la estadística y de la incapacidad de diferenciar los distintos grados de validez que presentan los diversos tipos de evidencia.

He pensando en mi buena amiga Laura, con quien tuve una charla "terapéutica" el otro día por teléfono; también en una exnovia que me hizo algo de daño, y de que si bien nuestra inherente capacidad de memorizar y rememorar los hechos de nuestra historia biográfica es en ocasiones útil y adaptatitivo, otras nos condena.

Y esto lo escribo sin parar, sin tregua, sin mirar atrás, sin buscar adornar las palabras ni buscar coherencia en las frases. Que sea éste el retrato del hilo de pensamientos que esta noche me mantiene en vilo. Que sea ésta la receta para paliar el insomnio...

Ahora sí, me pesa la gravedad de mis párpados...

Ha funcionado.

2 llamas de fuego:

Anónimo dijo...

ha estat més emocionant llegir això que el relat al cotxe.
ens veiem,
marta

PD. Espero no haver estat cap intrusa...

Ruben Moreno dijo...

Tus intrusiones siempre serán bienvenidas, Marta. ¡Siempre!
:)

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