Estás sólo en una caverna oscura como la noche. Aquí no resuenan las vibraciones de tus cuerdas bucales, el eco no existe, y la soledad abraza el silencio con la voz muda del vacío. Este lugar abarca todos y cada uno de tus recuerdos; es tu vientre materno, el cordón umbilical que te sostiene cuando intentas darle la espalda a la gravedad de tu cuerpo. Aquí caminas sin atender que no hay camino. Corres sin alertar que cada paso es punto de partida. Y escuchas pávido la fúnebre voz de las paredes sin sorprender que sea tu propia.
Aquí pierdes la noción del tiempo.
Y éste transita, transmuta.
De repente una bomba estalla en tu cerebro e irrumpe la dilatada tranquilidad de tu caverna: es la lluvia de cientos de colores y sonidos inundando tus órganos perceptivos; es caos que perturba y seduce al mismo tiempo. Decides entonces volcarte por entero a imponerle coherencia y significado sin atender al fuerte hormigueo que recorre tu cuerpo, como si aquel esfuerzo reactivase unos músculos, ligamentos y articulaciones de un profundo y largo letargo.
Transcurre un largo y desesperanzante rato, pero por fin lo distingues: es la voz de un niño pequeño; es la presión que ejercen sus brazos en tu cuerpo recostado; es el llanto de una mujer que acaricia tu frente mientras te observa bajo el prisma de las lágrimas. Es el calor de sus dedos, de su piel suave, aterciopelada, cariñosa. Y aquél pequeño saltamontes… eres incapaz de entender por qué desborda de alegría. O por qué pone su cabecita en tu pecho mientras grita con todas sus fuerzas: “¡Papa, papa, has vuelto papa, has vuelto!”
Y si bien aún no entiendes nada.
Tu corazón ahora lo entiende todo: el pequeñín es tu hijo; ella es su madre; y tú, tú acabas de despertar de un coma.

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