domingo, octubre 19, 2008

Imágenes oníricas


Sabía que las imágenes que se interponían en mi retina eran productos oníricos que pronto desaparecerían. Pero me daba igual. Aquello era tan nítido y los colores tan reales que me tenían igual de absortos que una luciérnaga cuando encandilada por la luz de un farol. Era el rostro de una mujer visto desde un ángulo fuera de lo ordinario. Pude desmenuzar los detalles de cada pequeña arruga como si fueran diminutos ríos dibujados en un mapa inexplorado; la textura de su piel como la planicie de un desierto inmenso, y los relieves de sus pómulos como dos montañas que crecen simétricas en sus dos puntos cardinales. Mi campo visual era como el de una lupa: el rostro no me fue dado sino en fragmentos de imágenes que se iban sucediendo con lentitud meticulosa, moviéndose suavemente, recorriendo la piel al compás de una melodía de tempo tranquilo. Visto a través de los ojos estupefactos de quien ve algo por primera vez en su vida, aquel rostro se me antojaba como un enigma que invitaba a ser descubierto...

Al rostro le siguió otra imagen, otra parte del mismo cuerpo. Esta vez la piel había emblanquecido, estaba como aterciopelada. Había trazados un contorno circular que la separaba en dos tonalidades distintas, en cuyo centro crecía una pequeña protuberancia que dibujaba la silueta de un pezón rosado, con diminutos relieves que proyectaban también diminutas sombras. En seguida me di cuenta de que era el seno de un mujer joven. Compartía el mismo grado de detalle que el rostro, un mismo trasfondo borroso que ofrecía un contraste que avivaba los colores de forma drástica, visto desde un ángulo donde cada curva era novedad y cada relieve una ruta que incitaba. Consciente de que aquello era un sueño, una imágen onírica, no pude dejar de pensar que nunca en mi vida había visto algo tan real, algo tan detallado y con tanta belleza concentrada al mismo tiempo...

Luego desperté sin poder moverme: era consciente de mi respiración y de los latidos de mi corazón, notaba cada parte de mi cuerpo y las paredes de la habitación como si también respiraran. Yací inmóvil durante no sé cuánto tiempo, totalmente consciente, constreñido en un cuerpo que aún seguía dormido mientras pensaba en aquella imagen que aún podía palpar con las manos del recuerdo.

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