jueves, septiembre 18, 2008

Un tren sin rieles

Es un tren como cualquiera en un día como cualquiera. La luz de neón
blanco que baña el vagón convierte todas sus tonalidades en un sólo y
triste gris mono-cromático. Y yo estoy aquí, de pie, apenas y
sosteniendo mi cuerpo aferrándome a un tubo de acero incrustado en el
techo del vagón. Estoy de pie pero mis ojos se pierden en la
distancia, enfocando el vacío o simplemente sin enfocar, así perdidos.
El estado de trance en el que me encuentro me gusta: gracias a él me
siento seguro. Seguro porque estoy sólo conmigo mismo, y en mí no hay
vagón alguno; ni luz de neón; ni esa gente de cara larga esparcida por
los asientos. En este instante siento cómo un leve cosquilleo que nace
en mis pies rápidamente recorre mis cuerpo hasta que su trayecto queda
patente en mi percepción: el vagón está vibrando. Vibra cada vez con más
intensidad hasta que un tremendo golpe lo sacude con
fuerza de montañas. El tren descarrila, y mientras lo hace es
desviado hacia un destino que culmina en tragedia.

Ahora estoy sentado en el arcén de la estación esperando un tren
caprichoso con su horario. La luz sigue siendo gris, pálida,
impersonal. Las paredes y las columnas comparten el mismo gusto por la
suciedad y el descuido. Pero para qué molestarse. Tal cual están los
hombres y mujeres que le frecuentan: sucios y descuidados. El tren se
acerca mientras oigo el quejido de un metal atormentado por un gran
tonelaje que le constriñe en cuestión de centésimas de segundo. Me levanto. Estoy
sólo y pensativo. Pienso en el vacío, que es una cosa a partir de que
posee nombre. Observo impasiblemente, sin mover un dedo, sin
pestañear: el tren ha descarrilado y se dirige hacia una suerte
inapelable, un fin prematuro.

Así terminan mis dos sueños de anoche. Y al levantarme no he podido
más que relacionarlo contigo sintiendo cómo mi estómago era comprimido
por el peso de uno de esos trenes. Lo nuestro ha llegado su fin...
Pero quisiera decirte una cosa, Gabriela. Que no juzgo el trayecto
por la distancia del recorrido, que en nuestro caso ha sido corta,
ni tampoco lo juzgo por el estado del vagón, que en nuestro caso
ha sido caprichoso y excitante. El trayecto lo juzgo por su destino.
Y el destino de lo nuestro era valiente y trágico: el de unir
dos seres y hacerlos uno en un tiempo que no perdonaba, sabiendo
que pronto demasiado nos separaría y ese demasiado sería tan arbitrario
como ajeno a nosotros.

En fin, ya está. El "pronto" es ahora y nuestro tren ya no tiene rieles...
Ahora sólo nos queda aceptar con humildad una fugacidad que ha sido tan
hermosa como frágil, pero que ambos hemos sabido aprehender hasta sus
últimas consecuencias.

Gracias por todo, Gabriela, y que Madrid sea siempre el testigo de nuestro fugaz recorrido.

Se despide así un hombre que en un momento determinado compartió su
vida con una mujer determinada en un trayecto también determinado,

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