lunes, abril 28, 2008

Desconocida



Tantos han sido los encuentros y tan pocas las palabras... Es fácil pensar que lógica de este fenómeno es producto del desinterés. Frente al desconocido, creemos, no merece la pena ni la ocasión entablar diálogo alguno. Pero entonces, ¿cómo explicar el fenómeno que acaece en el primer contacto, cuando en un acto aventurado te desprendes de tu frío y distante prefijo? ¿Qué explicación permite comprender el salto cualitativo que distingue al familiar conocido del extraño, aún por conocer?

Viene a mi mente el miedo. ¿Será él quien forja la muralla que se erige entre nosotros, pero que en ciertas (e inexplicables) ocasiones desaparece? El miedo podría explicar el por qué salvamos las distancias tan celosamente, precio que pagamos a gusto por tal de sentirnos “seguros”. Pero no así el por qué, cuando caminando te ví por primera vez, no hubo en mi cuerpo reacción alguna de alarma ni inquietud... A modo de ilustración ridícula: El miedo sería el motor que utiliza el status quo (desconocimiento) para mantenerse tal cual fiel a su propia condición (de desconocida), no explica así el fenómeno de una revolución (cambio de condición a conocido). En otras palabras (que tienen sentido xD): no me sirve.

Y si no es el miedo... ¿Será entonces que te escojo entre los muchos en una decisión concienzuda? Por supuesto que mi ego aboga por esta postura, siempre fiel a su rol de protagonista. Pero cuando lo pienso detenidamente llego a la conclusión de que se trata más bien una conjetura premeditada: podrías ser perfectamente tú, desconocido, quien con tu sola mirada o pensamiento concilie y pacte nuestro encuentro. ¿Y cómo negarlo?

Recurre a mi mente el Azar, La Diosa de la Fortuna. ¿Y si es gracias a su hacer que nuestros andares a veces coinciden? ¿Y si ese coincidir ocasional es, en última instancia, la causa de todo primer y fecundo encuentro? Ciertamente el azar podría explicarlo todo... Pero me sabe como a agua salina: por más que bebo de su fuente nunca logro colmar mi sed. Aunque no lo niego, ha sido la gran coartada del siglo. Actúa como fidedigna alternativa a un Dios ya aborrecido, aún sin caer en la cuenta de que se limita a ser su mera emulación. Su sospechosa y descomunal capacidad explicativa (como la del Dios de antaño) ha logrado tranquilizar incluso a las mentes más inquietas; pero la mía parece resistirse a sus tentadores y tranquilizadores efectos. El azar, por ejemplo, no me explica el porqué siento que nuestro primer encuentro ha sido en cierto modo necesario y a ciencia cierta ineludible. ¡De no ser por ti mi yo -super yo e inconsciente incluidos- como tal no sería! Además, dudo de que sea (el azar) capaz de diseñar algo tan complejo y repleto de sentido cuando precisamente ambos, azar y sentido, son en su esencia irreconcilliables.

Inevitablemente pienso en el Destino. Soy consciente, sin embargo, de que es una explicación ya desgastada e incluso vulgarizada, pero en cierto modo su sentido inefable confabula con el sentimiento que se expresa cuando pienso en cómo llegaste a mi vida. Evidentemente tampoco el destino acaba de satisfacerme, pero sí que se aproxima más al lenguaje de lo anímico, del corazón, de la poesía. A la imaginación alimenta y al misterio recurre, pero no así al raciocinio. O al menos no al que imbuye nuestra época y que en cierto e inevitable modo comparto. Tampoco el Destino me satisface.

Llegados a este punto, permíteme hacer trampa: tomo prestada la libertad de hacer un potaje a modo de respuesta a la pregunta planteada al inicio. Quizá sea esta la única solución habida cuenta de mis evidentes y limitados argumentos.

Quizás aquello que explica nuestro primer encuentro sea la voz al unísono de la Diosa de la Fortuna; de las frías gotas del miedo; de la valiente decisión de uno mismo; y en un sentido más lejano y profundo, de aquello que tiene en cuenta el misterio, que enlaza lo aparentemente inconexo y que le otorgo un sentido. Un sentido a lo nuestro.

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